Allez au contenu, Allez à la navigation, Allez à la recherche, Change language

  • Applications

Inicio > Article

REINO UNIDO

 

 

 

 

“El cine inglés no existe”, afirmó un día François Truffaut, que siempre mostró una gran capacidad para las exageraciones polémicas. ¡Vaya, vaya! No imaginábamos que nuestro François pudiera sufrir amnesia histórica. ¡Juzguen ustedes mismos! Pasemos por alto el hecho de que Gran Bretaña ha engendrado cineastas tan notables como Chaplin o Hitchcock (la carrera inglesa de este último antes de su partida hacia Hollywood dio lugar a obras maestras como Alarma en el expreso y, sobre todo, 39 escalones). Pasemos también por alto el hecho de que Inglaterra representó una tierra de acogida para cineastas tan eminentes como Kubrick, Losey, Lester e incluso, más ocasionalmente, Antonioni (Blow up), Polanski (Repulsión) o Skolimowski (Trabajo clandestino).

 

 

 

 

 

 

 

 

Alarma en el expreso de Alfred Hitchcock -los 10 primeros minutos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sirviente de Joseph Losey

 

 

 

 

 

 

El hecho es que el cine inglés creó, a partir de los años 30, una escuela documentalista (Grierson) cuya reputación de excelencia se transmitió de década en década hasta llegar al Free cinema (años 50) y a la BBC de hoy en día. A continuación, llegó el momento álgido de Laurence Olivier, David Lean y Carol Reed, sin contar a Noël Coward: el cine inglés estaba lanzado y no iba a detenerse. Ya no había lugar para la famosa interrogación que dio la vuelta al mundo: “To be or not to be, that is the question”, excepto para hacer sonreír a Ernst Lubitsch en su película homónima mucho más tarde. Con El tercer hombre, Breve encuentro y Enrique V, el cine inglés se internacionalizó e instaló en las cinematecas algunas obras maestras inolvidables. El tercer hombre combina la guerra fría, las alcantarillas de Viena y Orson Welles con tintes expresionistas, Enrique V retrata a golpe de iluminación los momentos álgidos del Duque de Berry, mientras que de Breve encuentro, la historia de una pareja ordinaria demasiado sabia como para enviarlo todo a paseo, conservaremos las brasas a penas consumidas de un amor furtivo en el ambiente helado de las estaciones inglesas a la hora del té.

 

 


Enrique V de Laurence Olivier

 

 

 

 

 

 

El tercer hombre de Carol Reed

 

 

 

 

 

 

Si Laurence Olivier (seguido mucho más tarde por Kenneth Branagh) se confunde con Shakespeare, David Lean es Dickens hecho cineasta, como demuestran Oliver Twist y sobre todo Cadenas rotas. Antes de transfigurar su arte para siempre en prisionero de los japoneses (El puente sobre el río Kwai) o en héroe de una epopeya de arena en Lawrence de Arabia, a las que se puede comparar Pasaje a la India. Pero entonces llegó la época de las películas cómicas inglesas (años 40): Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte), Pasaporte para Pimlico, de Henry Cornelius, Whisky Galore, de Alexander Mackendrick (mejor película: Viento en las velas), otras tantas incitaciones a la hilaridad donde la flema y las réplicas socarronas triunfan sobre todos los conformismos. En Ocho sentencias de muerte, de Robert Hamer (6ª mejor película de todos los tiempos según un referéndum del British Film Institute de 1999), el humor se tiñe de negro y el cinismo es idóneo para Dennis Price, el héroe que elimina uno a uno a todos aquellos que le separan del codiciado título de duque: en cuanto a Alec Guinness, su fluidez discursiva y la extravagancia de sus disfraces le permiten interpretar no menos de ocho papeles de la familia de los Ascoyne, entre ellos una mujer...una idea deliciosa de la que estaba muy orgulloso. En este sentido, se revela como el antecesor de Peter Sellers, a su vez un auténtico genio de la comedia, uno de los actores más inventivos de todos los tiempos por su capacidad de transformación, su embarazo fingido y su interpretación muy corporal bajo una fisonomía con una movilidad imperturbable.

 


Cadenas rotas de David Lean

 

 

 

 

 

 

 

 

Ocho sentencias de muerte de Robert Hamer

 

 

 

 

 

 

A lo largo de todas las épocas, el cine inglés puede enorgullecerse de tener una pléyade de grandes actores procedentes a menudo del teatro: Rex Harrison, Robert Newton, Margaret Rutherford, Valerie Hobson, Joan Greenwood, Alastair Sim, Trevor Howard, John Gielguld, Jean Simmons, John Mills, Dirk Bogarde, James Mason, David Niven, Richard Burton, Vanessa Redgrave, Terence Stamp, Robert Morley, Alan Bates, Richard Harris, por citar solo unos cuantos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


El cine inglés también está representado por parejas de creadores, como Launder y Gilliatt (su mejor película es The Rake’s Progress, una sátira a lo Lubitsch donde deslumbra un libertino amoral inspirado por Hogarth) o los hermanos Boulting. Sin embargo, Powell y Pressburger se llevan sin duda la palma en toda la historia del cine: si David Lean es el Dickens del cine británico, Michael Powell es el Swift. La mayoría de sus películas firmadas con su amigo Emeric Pressburger se diferencian por su vivacidad, la inventiva de su puesta en escena y una dirección de actores chispeante y rica. Ruedan una tras otra Coronel Blimp (proezas y ridículos de un vejestorio del ejército de Indias, quizás su mejor película), A vida o muerte, Narciso negro, Las zapatillas rojas, Los cuentos de Hoffmann. Otras tantas obras mayores que mezclan los géneros, los estilos y los éxitos. Por su cuenta, Powell dirige otro clásico: El fotógrafo del pánico.

 


Coronel Blimp de Michael Powell y Emeric Pressburger

 

 

 

 

 

 

Porque las películas de terror también arrasan las islas británicas y sus famosos estudios: The Hammer Studio acoge a Peter Cushing y Christopher Lee, encargados de resucitar a Frankenstein y Drácula, Jekyll y Hyde, bajo las sabias órdenes de cineastas como el excelente Terence Fisher, o incluso Val Guest, Michael Carreras o Freddie Francis…

 

 

 

 

 

Dracula: príncipe de las tinieblas de Terence Fisher

 

 


El cine inglés representa también una empatía por una clase obrera que, contrariamente al famoso título del italiano Elio Petri, raramente va al paraíso: con Tony Richardson (Un sabor a miel y también Tom Jones), Karel Reisz (Sábado noche, domingo mañana y también Morgan, un caso clínico) y Lindsay Anderson (El ingenio salvaje y también If…, Palme d’or 1969).

 

 

 

 

 

 

If de Lindsay Anderson

 

 


En 1973, gracias a Sarah Miles, Alan Bridges (The Hireling - El equívoco) obtuvo la Palme d’or.


Los años pasaron. En la década de los 70 y 80, uno de los productores ingleses más importantes, David Puttnam, se empeñó en conquistar el festival de Cannes. Y lo logró, con obras tan diferentes como Bugsy Malone, de Alan Parker (una comedia musical donde los gángsteres tienen doce años), Los duelistas, de Ridley Scott (el desafío de un duelo de una hora y media), El expreso de medianoche, también de Alan Parker (los avatares de un traficante de drogas en las prisiones turcas donde la fanfarronería de la puesta en escena estigmatiza los malos tratos), y más tarde Carros de fuego, de Hugh Hudson, hasta que logró cumplir su objetivo conquistando la Palme d’or en 1986 con La misión, de Roland Joffé, demostrando de esta forma que en la mayor parte de casos se trata de películas de productor, por lo obstinado que se mostraba en compartir su visión.

 

El expreso de medianoche de Alan Parker

 

 

 

 

 

 

La misión de Roland Joffé

 

 

 

 

 

 

Durante estas dos décadas prestigiosas, surgieron grandes directores británicos en el panorama mundial, con obras todavía más excitantes: hay que destacar a Ken Loach, uno de los autores “de Cannes” más asiduos, incansable crítico de las injusticias sociales y agudo observador de las convulsiones políticas, la clase de John Boorman, con sus puestas en escena refinadas, que navega con acierto entre el género negro, la leyenda del rey Arturo y el intimismo más personal (Esperanza y gloria), Mike Leigh, maestro incontestable de la emoción compasiva (Indefenso, Secretos y mentiras, Palme d'or 1996), James Ivory, el más inglés de los cineastas estadounidenses, el cantor crepuscular y sin complacencia de la aristocracia británica (Una habitación con vistas, Regreso a Howard’s End, Lo que queda del día), Peter Greenaway, cineasta, artista plástico, enciclopédico (El contrato del dibujante, El vientre de un arquitecto) cuya inteligencia extremadamente aguda se complace en transportar su esteticismo y su gusto por los números de un arte a otro), los divertidísimos Monty Python con los Terry (Jones y Gilliam)*, el prolijo Michael Winterbottom (Jude) y, finalmente y sobre todo, Stephen Frears con su capacidad para reírse de uno mismo de forma burlona y su humor vengador. Al menos tres de sus películas (Los timadores, Las amistades peligrosas y La reina) permanecerán en la historia del cine como modelos absolutos de encanto subversivo, de eficacia estilística y de elegancia del corazón.

 

 

 

 

 

 

 


Una habitación con vistas de James Ivory

 

 

 

 

 

 

Jude de Michael Winterbottom

 

 

 

 

 

 

Las amistades peligrosas de Stephen Frears



 

¿Qué nos depararán en el futuro aquellos que crearán los obras del mañana: Andrea Arnold, Lynne Ramsay, Steve McQueen, Peter Mullan, Shane Meadows, Emily Young, Thomas Clay…?


Pero como diría Rudyard Kipling, esa ya es otra historia.

 

 


*Uno no puede dejar de deleitarse, por ejemplo, con El sentido de la vida, con unos peces con cabeza humana que se saludan civilizadamente en un acuario o con la famosa derrota de los jóvenes ejecutivos con maletines a manos de viejos empleados anarquistas que no dudan en exterminarlos a golpes de aspas de ventiladores…

 

 

 


 

 

 

> DESCARGUE EL ARTÍCULO EN PDF

 

 

POR GILLES JACOB